Marty Supreme: Manual de masculinidad para el Siglo XXI
Con la pericia de los maestros, Josh Safdie crea un nuevo mito necesario para el Hollywood actual.
escrito por Damian Doval Conte
Hay películas que danzan mientras avanzan frenéticamente, como un insecto eléctrico que zigzaguea en el aire con luminosidad. En el día a día solo perseguimos rebotes -un sueño, un objetivo, una certeza, una promesa-, aunque solo nos llegan ecos. Corremos en cuartos estrechos unidos por pasillos que parecen jaulas, en un mundo que se nos abre y cierra entre lo íntimo y lo externo, entre la valentía y el miedo, entre lo eterno y lo efímero. Finalmente nos estampamos, pero algo queda resistiendo, inquieto. Y entonces entendés que lo que arde no es el juego: es la urgencia de dejar una marca antes de desaparecer.
Ping Pong.
Vamos a sacarnos de encima una obviedad: Marty Supreme no es una película sobre Ping Pong. Y estamos todo de acuerdo en que, probablemente, si Marty hiciera tenis, waterpolo o boxeo en streaming, la película funcionaría igual. La disciplina es una puerta giratoria, Safdie entra y sale sin problema, porque lo importante es el pulso.
Pensemos en otra película relacionada al deporte que salió este mismo año que, casualmente, es el hermano de Josh quien la dirige, Benny Safdie. The Smashing Machine es como asistir a una fallida exposición de un museo, quiere que conozcamos la MMA, entendamos su historia, liturgia y protagonistas. A Josh, por otro lado, no le interesa nada de esto, le interesa el deporte. O, mejor dicho, le interesa la tensión y el control.
El deporte es una forma organizada de tensión en grupo, canaliza impulsos violentos en una actividad mimética donde expresamos emociones en un entorno aprobado socialmente, permitido por el autocontrol. Un oficinista encuentra en un partido de fútbol un martes a la noche debajo de una autopista la ocasión para liberar las tensiones que no puede en otros entornos.
Marty Mauser encauza sus tensiones hacia el ping pong, pero al mismo tiempo lo subvierte, se escapa de la mesa y se derrama sobre su vida. Vive rápido y entre idas y vueltas, todo vínculo con otro personaje es un terreno de disputa. Safdie filma estas fricciones con planos y contraplanos donde importa lo que se dice, la reacción y el contraataque. Marty no controla la tensión, la multiplica. Porque Marty evita ser controlado y a la vez es incapaz de tener control. Tiene un instinto animal.
Rachel trabaja en una tienda de mascotas y Marty la evita porque tiene miedo de ser “encerrado y amaestrado” por ella al reconocer a su hijo. Evita la responsabilidad de cuidar al perro del viejo sicario y al no darle el beso final al cerdo recupera su soberanía. Y cierra esta capa con una llave moral, empujando a Endo al duelo final con una pregunta fundamental: ¿Te vas a dejar ser su mascota?
Pero Marty tampoco sabe tener control. Good Time y Uncut Gems ya redundaban sobre este tema. Los protagonistas de las tres películas presentan características similares: son excéntricos, magnéticos, “chantas”, obsesivos, soñadores; protagonistas con un objetivo claro que empuja la trama, pero que se le diluye de las manos, sabemos que van a fracasar. Connie Nikas nunca podrá sacar a su hermano de la cárcel y Howard Ratner no saldará su deuda. Marty se cree invencible, pero falla desde la primera escena, embarazando a Rachel pese a su gran sistema de “control” sobre el esperma.
We built that.
La película se centra el arquetipo del judío agnóstico neoyorquino. Haciendo un improvisado ejercicio sociológico, podríamos describir algunas características: carecen de elementos ortodoxos e inclusive mantienen una relativa lejanía con la religión, no provienen de una diáspora o grupo claro; aun así, se mantienen presentes en circuitos exclusivos -al menos de facto- para judíos, pero también en otros no tanto, por ejemplo en lo barrial, lo laboral o en eventos como ir a ver a los Knicks. Se le podría buscar un paralelismo nacional con el típico judío agnóstico porteño que se mueve en los circuitos de ir la O.R.T., la Hebraica y ser socio de Boca.
Josh Safdie es parte de esta figura agnóstica. Podríamos inferir que no es un director creyente, pero tampoco es ateo, como otros muchos cineastas neoyorquinos secularizados. Así, la reflexión sobre el judaísmo es algo que permea a Marty Supreme -y la obra entera de Safdie-, pero desde ese lugar agnóstico, interesado también en su cultura, su simbología y la trascendencia. Pensemos algunos ejemplos.
El personaje del presidente de la federación tiene un curioso nombre: Ram Sethi. Podríamos atrevernos a establecer que parte de una composición entre Seti y Ramses, dos faraones egipcios. Ambos, padre e hijo respectivamente, suelen ser asociados al período de opresión hebrea -incluso posibles opciones de ser el faraón representado en el Éxodo. Sethi es el poder imperial y megalómano, observando casi desinteresadamente desde su pedestal de superioridad, creyéndose eterno e invencible. Marty termina siendo víctima del juego de Sethi, ya que cuando hace la estafa en el bar de bowling elige “Seth” como seudónimo, poniéndose él ahora en el rol de estafador, creyéndose invencible.
Sin irnos de Egipto y el judaísmo, recordemos el peculiar montaje donde vemos a Marty recorriendo ciudades en su gira con los Globetrotters. Safdie no elige postales obvias, nos muestra un viaje que va por Sarajevo, Tánger, Atenas, El Cairo, y Munich. Estas son todas ciudades que, en algún punto, se vinculan con la historia judía y/o movimientos migratorios y diásporas. Para Marty, abandonar la gira corre por un doble camino de seguir defendiendo su prestigio como jugador, pero también evitar reflexionar respecto a ese encuentro con la historia judía.
Pero, claro está, existe el detalle de la piedra que le regala a su madre. Fiel a su estilo, el protagonista roba a escondidas un pedazo de pirámide egipcia, el único regalo a su madre de todas las ciudades que recorrió. Y el único objeto que Marty le da a alguien en todo lo que conocemos de su vida. Este detalle no es menor si pensamos en todas las otras “piedras” de la película: el collar de utilería y las joyas de Kay Stone o el mismísimo Rockwell. En sus nombres están encerrados estas falsas salidas en forma de sólidos milenarios, Stone-Rockwell-. Entre collares y correas, la diferencia está en que Marty porta toda la película una cadena de oro con la estrella de David que, pese a tanto necesitar el dinero, en ningún momento se le cruza por la cabeza venderlo. Marty, al elegir tomar esa piedra de la pirámide, está empezando a reconciliarse con su judaísmo, todo anclado diciéndole a su madre “We built that”, porque siempre hay algo más grande que nosotros.
La diáspora.
Pero Marty Supreme no se cierra solo al judaísmo, ya que nos sitúa en un terreno cosmopolita, un desfile de etnias que va desde judíos, afrodescendientes, japoneses, indios, y el típico estadounidense WASP. Marty se encuentra en constante diáspora, no juega en ninguna mesa. Rechaza a su familia: reniega de su madre, elude la propuesta de vida aburguesada de su tío, y durante gran parte de la película no reconoce a su propio hijo. Vuelve a su edificio y ni siquiera saluda a sus vecinos, en lo barrial también está de paso. Pese a ser el campeón nacional y representar en otro continente, no posee sentimientos nacionalistas -o siquiera de pertenencia- con Estados Unidos. No es correspondido en el mundo del Ping Pong profesional, es visto como un excéntrico para los directivos de la Federación. Hasta es un mito incómodo para el club de Ping Pong donde se formó, que apenas le da una cama para poder dormir que posteriormente le niega. Todavía peor aún, rompe la comunidad de jóvenes en el bowling, que son estafados al querer honestamente ayudar a Wally.
Volviendo a The Smashing Machine, el personaje de The Rock tiene a Mark Coleman, otro luchador que es presentado como un guía y compañero planteando una hermandad entre ambos personajes. A su vez, en Marty Supreme la misma figura está desdoblada en dos personajes: Bela Kletzki, el jugador de ping pong húngaro, y Wally, el taxista interpretado por Tyler The Creator.
Más allá de las mofas de Marty hacia Kletzki -propias del personaje de Chalamet-, podemos ver que lo identifica como par respetándolo como jugador y como persona al apoyarse en el mismo cuando cuenta la anécdota sobre el campo de concentración. A su vez, el personaje de Wally que ocupa gran parte de la segunda mitad de la película, representa la otra cara del protagonista, la del “chanta”, siendo su compañero de andanzas y viajes. Aunque ambos son también falsas salidas: Marty acepta la propuesta de Kletzki de participar en los shows de los Globetrotters, pero entiende que -más allá del dinero- no le puede dar nada en su camino al genio, uno se está yendo, otro está llegando. Por su parte, Wally sigue representando una escapada rápida para poder conseguir dinero fácil, que es lo que justamente piensa Marty cuando lo ve por última vez en la sala de Ping Pong. Pero, al enterarse que Rachel corre peligro, Wally no le puede dar nada en esta etapa del camino donde tiene que solucionar algo más urgente que el dinero.
En el caso de los dos personajes, Josh Safdie entiende -a diferencia de su hermano en The Smashing Machine- que Marty debe dejarlos de lado. Porque parte de la vida es elegir entre qué dejar y qué quedarse, para despedirse calladamente de lo primero, desde lejos, como quien se desangra.
Manual de masculinidad para el siglo XXI.
Al llegar al final de la película, Marty tiene su ansiado encuentro con Endo, pero no es solo su clímax deportivo, sino también donde se decide qué parte de Marty Mauser es la que sobrevivirá. La farsa es orquestada por Rockwell, casi como Gavin Elster con Scottie en Vértigo. Pero Marty, a diferencia del trágico destino de Scottie, o los de los protagonistas de las películas previas de los Safdie, alcanza una redención total al derribar la máscara del titiritero. Le gana a Endo -su rival profesional-, deja pintada a la federación, ridiculiza a Rockwell y reconcilia su esfera privada sin convertirla en extensión del deporte. Marty, que había sido incapaz de separar esta tensión, ahora vuelve a recuperar el control. Y al hacer eso, la cámara lo deja solo con nosotros.
Marty abraza nuevamente a los grupos en los que antes se encontraba excluido o en diáspora. Vuelve a su país junto a los soldados estadounidenses, porque Marty Mauser es Made in America, como dice la pelota naranja que incluso ni tuvo que usar para ganar, -quizas primero tenia que volver a ganar su honor para poder usarla-. Con su familia, asume su paternidad, todo esto en el gesto de aprobación que hace su madre al verlo en el hospital. Se reconcilia con su religión, ya no es el “Seth” estafador, ahora también es Seth, como el tercer hijo de Adán y Eva, nacido después del asesinato de Abel. La continuidad justa que viene a restaurar la humanidad que fue rota.
Pero Marty entiende que también hay grupos con los que no se puede reconciliar. No va a poder ser parte de ese mundo burgués. No trabajará con su tío ni podrá tranzar con empresarios como Rockwell nunca más. Al ir al hotel de lujo donde se encuentran los directivos de la federación, gracias a su soberbia en no querer estar junto a los otros jugadores, tendrá una “deuda” que lo perseguirá toda la película. Pero Marty va a comprender que nunca será ese jugador con “código de honor” que quiere la federación de Ping Pong.
Porque Marty Supreme, en algún punto, viene a derribar la gerontocracia, donde todos los personajes más cercanos a la vejez están errados, fuera del camino. Los ejemplos más claros son la federación y Rockwell, pero también se ve con el empresario de las pelotitas de ping pong, que tilda a su hijo de inútil porque le gusta dibujar, mientras que Marty lo defiende como un “genio”. Inclusive los dos personajes que están entrando a la vejez, erran sus caminos a lo largo de la película: Bela Kletzki ya está desinteresado por su prestigio, le preocupa ahora una oportunidad para ganar dinero. Por otro lado, Gwyneth Paltrow -ya despreocupada por el dinero- ahora quiere recuperar su prestigio, pero ella no podrá ver los aplausos del público -está de espaldas viendo al atrezzo cuando esto ocurre- y tendrá un destino trágico y solitario.
Marty Supreme lanza sus dardos contra los ancianos que quieren sacarle la sangre a los jóvenes, tal como Rockwell al revelarse como vampiro. Y en el camino de ese derribo, suena Forever Young de fondo.
Porque Marty Mauser es brillante, engreído, encantador, soberbio, repulsivo, profeta, chanta, habilidoso, y un sinfín de calificativos más. Pero, sobre todas las cosas, Marty es un genio, que, como todos los genios, es capaz de movilizar. Le da un último vals a una actriz venida a menos, se divierte junto a Kletzki antes de terminar su partido, trae a tierra a Endo para que no sea la mascota de los americanos, le dice al hijo del empresario No creo que sepas de lo que eres capaz. Marty Supreme es la madre acostada en la cama esperando que su hijo vuelva, es recibir un disparo por la persona que amas, es arrastrarse para perseguir tus sueños. Es triunfar y caer (desde abajo). Marty es un artista, él mismo es una performance donde el fracaso ni siquiera entra en su conciencia
Pero, sobre todas las cosas -y tras tantas palabras- Marty Supreme es una película sobre ser padre. Marty podrá ser un genio, le dirá a Rachel que su vida tiene un propósito muy grande, a diferencia del inexistente de ella, sin poder ver que su propósito es sacrificarse por él.
Finalmente, Marty no participará del mundial y no cumplirá su objetivo, pero su triunfo con Endo será lo que lo acerque a un estado de conciencia plena, regalándole uno nuevo. Ese duelo final no es la cima, es el umbral, su “último partido” estará en el cara a cara con su hijo, la vieja historia de asumir el deber, ya no mental del atleta profesional, sino de hombre. Marty, en esa primera mirada, comprende que siendo padre finalmente ya alcanzó lo que buscó toda su vida.






Excelente.